La historia de la ruta del té

La historia de la ruta del té

En el pasado, los mercaderes recorrían los caminos que unían la China, el Tíbet, la India, Mongolia y Siberia para comerciar con té. Así nació la ruta de la seda del sur, más tarde conocida como “la ruta del té”.

Esta senda legendaria fue protagonista de uno de los intercambios comerciales más llamativos de la historia: los chinos llevaban té hasta el Tíbet y regresaban con caballos de guerra tibetanos.

A continuación te contamos la historia de la antigua ruta del té y cómo esta se articula en la actualidad como un destino turístico ideal para los amantes de la historia y, también, de esta bebida milenaria.

Una historia de tés y caballos

La historia se remonta a una época en la que el té era más valioso que la seda e, incluso, la porcelana. Los productores chinos de té encontraron en el Tíbet, una sociedad que consideraba al té como parte básica de su alimentación. Así, iniciaron el largo recorrido para llegar a Zar Gama, sitio ubicado a unos 4.600 metros de altura.

La ruta era tan larga y peligrosa que, con el correr del tiempo, se desarrolló un sistema de puestos comerciales que facilitaban los intercambios económicos. Si bien al hablar de la ruta del té es fácil imaginar un camino único, en realidad deberíamos pensar en un conjunto de senderos que propiciaban el comercio entre los diferentes países.

Ahora bien, el sendero principal partía del interior de Yunnan, en China, hacia Sichuan y finalmente, Lhasa, la capital del Tíbet, pero el té se repartía, también, por senderos secundarios a los países de Laos, Vietnam y Myanmar. En un principio, el camino se realizaba a pie.

Los porteadores cargaban sobre sus espaldas los ladrillos de pu-erh, de té negro y de otras variedades. Cada uno de ellos llevaba un sello que aseguraba su calidad y valor monetario.

galleta de pu ehr

Tras cargar el té sobre sus espaldas, comenzaban el recorrido de los aproximadamente 2.300 km de sendero montañoso que les llevaría casi un mes. Las paradas eran habituales, tanto para descansar como para vender en algunos de los puntos intermedios de intercambio.

Estos puntos intermedios solían ser monasterios. En ese momento, eran los encargados de distribuir el té a lo largo y ancho de la región.

Al llegar a Lhasa, núcleo de comercio indiscutido de la época donde confluía el intercambio de té, sal y caballos, los porteadores entregaban el té y volvían por el mismo camino a caballo. Merece la pena aclarar que China necesitaba los caballos de guerra para defenderse de los ataque de pueblos del norte y los mercaderes cambiaban entre 20 y 60 kg de té, dependiendo de su calidad, por un caballo de guerra. Por este motivo, también se conoce a este pasaje como la ruta del té y los caballos.

Tras visitar Lhasa, los mercaderes se acercaban al paso Nathu La, ubicado en la zona montañosa que conecta India con el Tíbet, Nepal y Bután. Allí, los porteadores chinos vendían sal de Sichuan y té, y compraban alimentos como harina, arroz y trigo.

Como bien señalamos antes, la ruta del té y los caballos no hacía referencia a un único camino comercial sino a una red de intercambio. De hecho, el té chino se exportaba también a Siberia junto con otros productos como el ginseng, el ruibarbo y el jengibre. De esa manera, el consumo de té comenzó a extenderse hacia el oeste, hasta llegar al Viejo Continente.

Durante siglos, el auge de la ruta del té garantizaba el intercambio comercial entre China, el Tíbet y otros países; sin embargo, en el siglo XIX, los ingleses colonizaron la India y Sri Lanka, donde introdujeron el cultivo del té. De este modo comenzó el declive del que fue una de las rutas comerciales más importantes del mundo.

Turismo en la ruta del té

China ha fomentado en los últimos años el turismo en la zona que cruza Sichuan, Yunnan, Gansu, Qinghai y el Tíbet a través de la construcción de hoteles, restaurantes y mejoras en su red de transporte.

La antigua ruta del té permite descubrir maravillas naturales e importantes patrimonios de las antiguas civilizaciones. Sin duda, se trata de un recorrido diferente que aúna cultura, belleza natural e historia.

La ruta comienza en Xishuangbanna donde, además de los cultivos de té, es posible visitar el jardín botánico y un bosque tropical, y disfrutar en abril del festival étnico de Agua Salpicada de Dai. Tras la visita al parque del volcán de Tengchong, los turistas pueden acercarse a Dali. Allí, bien merece la pena visitar el pueblo Bai y participar de la ceremonia de las Tres tazas de té. La misma consiste en consumir tres tazas de té: una de té amargo, otra de té dulce y otra de té aromatizado.

También es aconsejable visitar Lijiang, con sus estrechas callejuelas de piedra, y la ciudad tibetana de Shangri La, dueña de innumerables lagos y monasterios.

La siguiente parada sería Nyingchi, situada entre las cordilleras del Himalaya, Chamdo, con sus bosques frondosos, y, finalmente, Lhasa, el antiguo centro comercial de la ruta del té. En la capital tibetana, podrás descubrir monasterios y ermitas entremezclados con restaurantes, comercios y tiendas artesanales.

La antigua ruta del té y la actual ruta turística del té confluyen por su historia. Si alguna vez tienes la suerte de recorrerla, te enamorarás de sus paisajes, sus aromas y su historia de cuento.

Fuentes:

  1. http://spanish.visitbeijing.com.cn/a1/a-XB4ICW9C68C199C30D1A93
  2. https://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/la-ruta-del-te-y-los-caballos_2347
  3. https://confuciomag.com/antigua-ruta-del-te-y-del-caballo
Antonella Grandinetti
Antonella Grandinetti

Redactora creativa todoterreno y mamá por tres. Disfruto leyendo y escribiendo desde artículos hasta novelas. Me apasiona viajar y pasar tiempo soñando despierta con mis peques. Amante del mate y el té.

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